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Queridos hermanos: Esperamos que todos nos encontremos con buen animo y dispuestos a ir retomando la normalidad de las cosas y las relaciones que por el motivo de esta pandemia se vieron relegadas. Que nuestra fe se mantenga firme y segura en quien tiene el poder sobre todas las cosas y que es nuestro Dios.

La fe que ejercemos cada uno de los creyentes en la buena nueva, el evangelio, tiene dos características únicas: es una certeza y es segura. Es la certeza de lo que se espera, la “firme seguridad de las realidades que se esperan”. Es una mirada segura al futuro. Nos permite mirar como si estuvieran presentes las promesas que aun esperamos. Cuando una persona cree en Jesucristo para salvación mira a los hechos y testimonios que la Biblia nos narra acerca de Jesucristo. Mira al pasado para aceptar todas las evidencias de la obra del Hijo de Dios a nuestro favor. Pero luego de creer, cuando la fe se va fortificando y creciendo y la experiencia y el conocimiento en las cosas de Dios se van acrecentando y somos “plenamente capaces de comprender con todos los santos cuan sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” Ef.3:16-19, la mirada es hacia delante, al futuro, teniendo plena confianza en que Dios cumplirá lo prometido. Esa es la seguridad. La autoridad de Dios que no puede engañarse (ya que es infalible) ni engañarnos (porque es fiel). Así, “las cosas que se esperan” no son ensoñaciones ni conjeturas sino realidades que están basadas en la Palabra de Dios, que se cumple absolutamente. Por ello vivir por fe, es vivir con plena confianza en que Dios cumplirá lo prometido. Y porque esto es así, debemos aceptar como servidores de Cristo y ciudadanos del reino de los cielos que lo importante es esa segura esperanza que aguardamos, y que esta vida abajo debe estar permeada por la vida venidera; la que anhelamos que se manifieste. En este sentido esta vida es solo una preparación para esa estancia eterna ya en la presencia de Dios. Por ello, el presente y su interpretación solo tiene sentido y explicación a la luz del futuro que esperamos. Y esperamos mucho, con la garantía de la Palabra de Dios: Esperamos la venida de nuestro Rey, el Señor Jesucristo, y el establecimiento pleno de su reino. Esperamos también ser trasladados para vivir en esa ciudad que Dios prepara. Y disfrutar de esa herencia eterna “reservada en los cielos para nosotros” .

Y esperando todo esto con toda certeza y seguridad, no podemos añadirle ni menos sustituirlo por las cosas de aquí abajo. La Palabra nos advierte para que no miremos “las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” 2.Co.4:18. Y Pablo añade en Ro8:24-25 “porque en esperanza fuimos salvos; pero la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si esperamos lo que no vemos, en paciencia lo aguardamos”. Es pues el futuro (las promesas de Dios y su cumplimiento) lo que debe determinar nuestro presente, como vivimos y para que vivimos; ósea, nuestros valores y prioridades. Escribe el apóstol Juan “el mundo pasa, y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” 1Jn2:17. Y para lograr esto en nuestra vida diaria tenemos la ayuda de nuestro Señor: “no te desamparare ni te dejare” Heb.13:5 y “el Señor es mi ayudador” Sal.118:6.

Amen.